Desde InfoBAN acercamos a nuestros lectores una nota de Manuel Vicent que vale la pena leer “El íxito de un periodista no consiste en leído sino en ser creído. La credibilidad es su único patrimonio.”

Cuando dentro de 100 años los habitantes del futuro, que tal vez nacerán ya con las orejas puntiagudas, quieran saber cuales fueron nuestros sueños y pasiones, por quí moríamos y matábamos, quí rostro tenían nuestros híroes y villanos, deberán conocer los nombres de los grandes testigos de esta ípoca, que han sido y siguen siendo algunos periodistas. Como en el siglo de oro fueron los dramaturgos, en el XVIII los enciclopedistas y en el XIX los novelistas burgueses, el periodismo es el gínero literario de nuestro tiempo.
Si yo fuera profesor de Historia, recomendaría a mis alumnos que dejaran delado los viejos archivos, donde la única verdad irrefutable la constituyen el polvo y la polilla o, tal vez, la basura electrónica llena de virus, si estos archivos están ya informatizados. Para que pudieran llegar al fondo del siglo XVII les
mandaría leer primero el teatro de Shakespeare, de Lope y de Calderón; del mismo modo que sólo leyendo a Rousseau, a Voltaire y Diderot podrían captar el espíritu del siglo XVIII, y que no entenderían nada del siglo XIX si no estudiaran como una asignatura las novelas Dickens, Balzac y Galdós. A mis
alumnos les diría que la verdadera Historia es esa, no los datos de las batallas ni las fechas de los tratados, sino el vuelo de los sueños que la sociedad, en un momento determinado, se dio a si misma.
Ya en el siglo XX, bajo el presagio inminente de una lluvia de acero sobre Europa, Joyce, Proust y Kafka llevaron la estítica literaria de la burguesía a su destrucción final. Joyce bajó de la mano de Freud hasta las mucosas más íntimas del subconsciente; Proust expresó la melancolía y el oro podrido con
que la aristocracia coronaba su propia ruina evanescente hasta desaparecer y Kafka convirtió ese mundo desgarrado, que se iba por el sumidero, en un triunfo del absurdo y la locura. Ninguno de estos tres genios, que llevaron la literatura a la cota más alta recibió el premio Nobel, un galardón que
acostumbra a romper el principio de Arquímedes, porque a veces desplaza mucho más de lo que pesa.
Si yo fuera profesor de Historia o de Literatura diría a mis alumnos que, una vez digeridos Joyce, Proust y Kafka, leyeran todos los días el periódico donde a partir de la I Guerra Mundial se refugió el alma del siglo XX. En medio de las ciudades calcinadas por los bombardeos o entre los escombros que deja la naturaleza convulsa cuando se expresa diabólicamente con seísmos e inundaciones hay unos tipos que están presentes, disparan sus cámaras o toman apuntes directamente de esas tragedias en un bloc sudado que luego guardan en el bolsillo de atrás del pantalón. Son unos tipos audaces, fríos y, a
veces, desesperados. En efecto, unos periodistas se mueven a sus anchas en medio de las hecatombes, pero otros de su misma raza tambiín dan lo mejor de su talento abriíndose paso en la selva de los políticos, en el secreto de los tiburones financieros, en las cloacas del Estado, en el tejido cotidiano de las horas y los días donde los crímenes ordinarios se mezclan con el latido de las
pequeñas pasiones y la lucha por la vida de la gente tributable. Como dijo Dylan Thomas, un buen periodista debe procurar ente todo ser bien recibido en el depósito de cadáveres. Aunque solo sea, como en la película Primera Plana, de Billy Wilder, para conseguir de madrugada un poco de hielo para el whisky.
Cuando pase el tiempo y el detritus de esta sociedad se eleve como un polvo sucio o dorado en el espacio de la memoria colectiva, ese polvo flotará acompañado sustancialmente de las palabras que fueron escritas en los periódicos, de las crónicas, los reportajes y las fotos amarillas, que entonces ya
no serán noticias e imágenes concretas de la actualidad, sino la ficción de la vida que vivimos y esa será nuestra verdadera historia literaria que hará soñar a los habitantes del futu

Fuente: infoban.com.ar