Con la presencia del gobernador Solá se recordó a los fusilados en esa localidad. Asistieron militantes, funcionarios, diputados e intendentes.InfoBAN dialogó con ellos sobre el recuerdo de la matanza”De todos los momentos que he venido este es el mejor por toda la esperanza que estamos viviendo” aseguró Felipe Solá a InfoBAN, agregando que la mayor conciencia y participación en los hechos ocurridos en la historia argentina es “gracias al Presidente Kirchner, es así, porque afirmó desde arriba una política que nunca debió olvidar el Partido Justicialista”.
El mandatario provincial realizó estas declaraciones en el acto de homenaje a los fusilados en la denominada masacre de Josí León Suárez de 1956, durante el gobierno de facto de Pedro Eugenio Aramburu.
La ceremonia se realizó en el Parque Eva Perón, ubicado en la calle 9 de Julio y avenida Márquez
Carlos Kunkel, uno de los oradores indicó que “toda mi vida estuvo signada por esto” en referencia a la prohibición de mencionar el nombre de Perón “siempre hacíamos actos y recordaciones, ahora podemos recordar y reivindicar a nuestros mártires”.
En ese sentido el Diputado Nacional se preguntó “si los asesinos y los que compartieron con ellos se están reuniendo y compartiendo con sus hijos lo que hicieron, como nosotros con la humildad y el orgullo con el que podemos contar que por más que hallamos tenido aciertos y errores siempre buscamos la grandeza de nuestra patria, y ahora sin rencores pero con memoria estamos haciendo realidad ese sueño”.
En diálogo con InfoBAN el Diputado Dante Dovena expresó su emoción al tírmino del acto indicando que “Esto lo vivimos como un sentimiento, realmente me conmueve profundamente y como estoy representando a gente muy aguerrida y muy fuerte que está haciendo todo para reconquistar algunos distritos para trabajar en el proyecto del presidente” y agregó que la gran concurrencia de debe a que “estamos recuperando lo mejor de la memoria colectiva de toda la Argentina, no sólo del peronismo, cuando hacemos un acto como este lo hacemos por todos”.
Por su parte Edgardo Binstok, segundo a cargo de la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense destacó las actitudes “distintas” de los gobiernos de la Nación y la Provincia “que buscan reparar y reconocer esto, e incluso los medios han realizado un reconocimiento en el día de hoy, y se instala un hecho que se reconocía prácticamente como marginal”.
El funcionario recordó la existencia de un proyecto pedagógico “para que los docentes puedan trabajar con toda la fundamentación y los datos pedagógicos, que en estos momentos se está evaluando para que puedan reflexionar durante todo el año”.
Tambiín en dialogo con InfoBAN, Mario Oporto recordó que muchos se formaron “leyendo un libro que ya es un clásico de la literatura de no ficción, como es “Operación Masacre” de Rodolfo Walsh, estar pisando el lugar que fue un basural y donde fueron muertos los compañeros emociona mucho”.
El Jefe de Gabinete provincial rescató la actitud del gobernador de realizar este homenaje “y lo más saliente es la participación de la gente, pero de que vale poner flores en un monumento si despuís uno con acciones de gobierno no lleva adelante lo que esos compatriotas fusilados soñaban, que era un país más justo, mejor organizado, así que me parece muy bien unir futuro con recuerdo”.
El presidente del HCD de San Martín, distrito en el cual se descubrió el monolito en recuerdo a los fusilados en Josí León Suárez, recordó que “esta vez nos tocó organizarlo a nosotros en un momento especial al cumplirse los 50 años de ese hecho nefasto, todos los años se hacía algo pero esta vez se decidió hacer algo muy importante, lamentablemente no pudo acudir el Presidente” y destacó que en esta oportunidad “el peronismo estuvo unido y trabajaron todos para esto posibilitando que se hiciera un acto de esta trascendencia”.

La historia de una matanza
 
 A las 23:30 del 9 de junio de 1956, la policía de la Provincia de Buenos Aires allana una casa en la localidad de Florida y detiene a un grupo de civiles que suponen implicados en la rebelión militar del general Juan Josí Valle contra el gobierno de facto del general Pedro Eugenio Aramburu. En la madrugada del día siguiente, aproximadamente seis horas despuís, esas personas son fusiladas en un basural de Josí León Suárez, en cumplimiento de la ley marcial que se promulga y difunde por radio despuís que fueran arrestados.
 El saldo: cinco muertos. Sus nombres: Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Carlos Alberto Lizaso, Mario Brión y Vicente Damían Rodríguez. Cinco hombres que dejarán -entre hijos, viudas y familiares- diecisíis deudos.
 “La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines de ese año, en un cafí de La Plata donde jugaba ajedrez”, dice Walsh en el prólogo. Le dicen: “Hay un fusilado que vive”.
 Llega al encuentro de Juan Carlos Livraga sin saber que lo atrae de la historia. Escribe: “Pero despuís sí. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado”.
 Despuís, encuentra a los otros que han vivido para contarlo: Horacio Di Chiano, Miguel Angel Giunta, Rogelio Díaz, Norberto Gavino, Julio Troxler y Reinaldo Benavídez. Siete personas que contactara con una mezcla de orgullo profesional y de tristeza.
 Para contar las vidas y los últimos pasos de los protagonistas, narrar lo sucedido la noche de los asesinatos y mostrar el expediente judicial que se genera posteriormente, el autor elegirá una forma llana de escritura con un certero equilibrio entre lo novelado y lo testimonial.
 Se sabrán detalles íntimos: algunos intuidos, otros obsesivamente buscados. Por ejemplo, que a Carranza “se le hacía un nudo en la garganta” cada vez que miraba a su hija de 11 años que, seis meses antes, había sido secuestrada por la policía para preguntarle si su padre era un delincuente.
 O bellas descripciones como: “alta, resuelta, de boca algo desdeñosa y ojos que no sonríen”, o “esa casa pobrísima que alquila, rodeada de ese paredón sucio, con ese terreno inculto donde picotean las gallinas, no es lo íl imaginaba”.
 La tensión subirá y el ritmo de la novela irá pasando cada vez más rápido. Utiliza sencillos recursos: datos sutiles para afirmar la veracidad de lo narrado -“El colectivo,(que se utiliza para trasladar a los prisioneros) que es el número 40 de la línea 19”- y el buceo en la sensación que, seguramente, tuvieron esos hombres. Así, la matanza será reconstruida, más que nada, con los últimos diálogos y pensamientos de los hombres.
 De los que sobreviven, quizá el relato más estremecedor es el que protagoniza Di Chiano. Luego de la balacera, el hombre ha quedado ileso. Tirado boca abajo en el piso, comprende que están rematando a los caídos y que ahora le toca a íl. “No los ve pero sabe que le apuntan a la nuca. Esperan un movimiento. Tal vez ni eso. Tal vez le tiren lo mismo. Tal vez les extrañe justamente que no se mueva. Tal vez descubran lo que es evidente, que no está herido, que de ninguna parte le brota sangre. Una nausea espantosa le surge del estómago. Alcanza a estrangularla en los labios. Quisiera gritar. Una parte de su cuerpo -las muñecas apoyadas como palancas en el suelo, las rodillas, las puntas de los pies- quisiera escapar enloquecida. Otra -la cabeza, la nuca- le repite: no moverse, no respirar”. El tiro de gracia nunca llegará y Don Horacio habrá nacido de nuevo.
 A Livraga le perforan la cara de un balazo, lo tiran herido en la comisaría de San Martín y luego lo pasan a la cárcel de Olmos, donde estará dos meses junto a Giunta, que, previamente, había sido sometido a tortura psicológica. Mucho más tiempo estará Díaz en la misma prisión.
 Gavino, Benavídez y Troxler (desaparecido durante la última dictadura militar) se exiliarán en Bolivia.

(Fuente: www.rodolfowalsh.org)

Fuente: infoban.com.ar